- ¿"Educativa" lleva acento?
- Si usted lo dispone señor Presidente.
Rius
Niels Bohr (1885-1962) fue un físico danés que realizó contribuciones fundamentales para la
comprensión de la estructura del átomo y
la mecánica cuántica.
De sus años en la Universidad de Copenhague surge una anécdota
que nos gustaría recordar porque ejemplifica una problemática de la educación escolar
que en muchos lugares aún se mantiene.
Al parecer todo comenzó debido a un
desacuerdo en la respuesta de un examen. La respuesta, él aseguraba, era
correcta mientras que su profesor argumentaba que eso no era lo que se pedía.
Al no poder llegar a un acuerdo entre los dos se decidió invitar a un árbitro
imparcial.
La pregunta era la siguiente: ¿Muestre
cómo es posible determinar la altura de un edificio alto con la ayuda de un barómetro?
La respuesta que dio Bohr decía: ̶̶ Lleve el
barómetro a lo más alto del edificio, amárrelo con una cuerda larga, baje el barómetro
al nivel de la calle, marque la cuerda, recójala y mida su extensión. El largo
de la cuerda es igual al alto del edificio.
Como se puede observar, la respuesta claramente
consigue resolver el problema planteado. Sin embargo, también podemos intuir
que no es lo que el profesor tenía en mente y, por lo tanto, se rehusaba a
aceptarla porque se esperaba que el alumno demostrara un alto grado de conocimiento
en Física.
El árbitro imparcial decidió entonces ofrecer otra
oportunidad al estudiante explicándole claramente que en su respuesta debería
demostrar sus conocimientos en la materia. El estudiante aceptó y mencionó que había
varias posibilidades. Eligió una y su nueva respuesta fue la siguiente: ̶̶ Lleve el barómetro a lo más alto del
edificio y asómese por el borde del edificio. Suelte el barómetro y mida el
tiempo de caída con un cronómetro. Finalmente, usando la formula S=1/2at2
calcule la altura del edificio.
Nuevamente, la respuesta cumplía con las indicaciones
por lo tanto el árbitro preguntó al profesor si se daba por satisfecho a lo que éste contestó afirmativamente. Sin embargo, al mediador le causo curiosidad conocer
las otras posibles respuestas y le pidió Bohr que se las explicara. “Por
supuesto” dijo éste. Así comenzó a proporcionar diversas alternativas algunas
muy absurdas otras con conocimiento sofisticado en Física. Finalmente, concluyó
con la que le parecía la mejor: ̶̶ Tome el barómetro,
llévelo a la puerta del intendente del edificio, toque la puerta y dígale que si
le gustaría intercambia un barómetro por la altura del edificio.
Después de esa muestra de creatividad, el árbitro
preguntó que si en realidad no conocía la respuesta que se buscaba. Bohr
admitió que si la sabía pero que estaba harto de que en la escuela le trataran
de enseñar “cómo pensar”, que lo forzaran a usar “el método científico” y que
la educación fuera tan pedante. En resumen, que se enfocaran en muchas cosas
menos en ayudarlos a comprender la estructura y los fundamentos de la materia.
Lo
que podemos interpretar de esta historia es que el alumno (que en realidad no
fue Niels Bohr) cuestionaba las posturas rígidas y autoritarias que
frecuentemente encontramos en las escuelas: asumir que sólo existe una forma
adecuada de pensar, utilizar los métodos como recetas de cocina en lugar de
reflexionar en la importancia o no de su uso, la prepotencia de la institución
por sobre los alumnos, la falacia de los argumentos de autoridad, etc., etc.,
etc.
Finalmente, quedan algunas preguntas
que se podrían realizar: ¿Por qué se cambió la historia con el paso del tiempo y
se utilizó el nombre de un Premio Nobel para contarla? ¿Qué tipo de comportamiento
tenemos como profesores frente a un grupo? ¿Es la ciencia el único modo de
llegar al conocimiento? ¿Es la escuela un espacio de reflexión y creación de
conocimiento o mera repetición irreflexiva? ¿Alguna más…?
La historia original contada por el
profesor que fungió de árbitro (Alexander Calandra) se puede encontrar en la
revista The Saturday Review de 1968
bajo el título de Angels on a Pin.


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