viernes, 10 de junio de 2016

Niels Bohr, el barómetro y la escuela



- ¿"Educativa" lleva acento?
- Si usted lo dispone señor Presidente.
                                               Rius


Niels Bohr (1885-1962) fue un físico danés que realizó contribuciones fundamentales para la comprensión de la estructura del átomo y la mecánica cuántica.
De sus años en la Universidad de Copenhague surge una anécdota que nos gustaría recordar porque ejemplifica una problemática de la educación escolar que en muchos lugares aún se mantiene.
          Al parecer todo comenzó debido a un desacuerdo en la respuesta de un examen. La respuesta, él aseguraba, era correcta mientras que su profesor argumentaba que eso no era lo que se pedía. Al no poder llegar a un acuerdo entre los dos se decidió invitar a un árbitro imparcial.
          La pregunta era la siguiente: ¿Muestre cómo es posible determinar la altura de un edificio alto con la ayuda de un barómetro? La respuesta que dio Bohr decía:  ̶̶  Lleve el barómetro a lo más alto del edificio, amárrelo con una cuerda larga, baje el barómetro al nivel de la calle, marque la cuerda, recójala y mida su extensión. El largo de la cuerda es igual al alto del edificio.
          Como se puede observar, la respuesta claramente consigue resolver el problema planteado. Sin embargo, también podemos intuir que no es lo que el profesor tenía en mente y, por lo tanto, se rehusaba a aceptarla porque se esperaba que el alumno demostrara un alto grado de conocimiento en Física.
El árbitro imparcial decidió entonces ofrecer otra oportunidad al estudiante explicándole claramente que en su respuesta debería demostrar sus conocimientos en la materia. El estudiante aceptó y mencionó que había varias posibilidades. Eligió una y su nueva respuesta fue la siguiente:  ̶̶  Lleve el barómetro a lo más alto del edificio y asómese por el borde del edificio. Suelte el barómetro y mida el tiempo de caída con un cronómetro. Finalmente, usando la formula S=1/2at2 calcule la altura del edificio.
Nuevamente, la respuesta cumplía con las indicaciones por lo tanto el árbitro preguntó al profesor si se daba por satisfecho a lo que éste contestó afirmativamente. Sin embargo, al mediador le causo curiosidad conocer las otras posibles respuestas y le pidió Bohr que se las explicara. “Por supuesto” dijo éste. Así comenzó a proporcionar diversas alternativas algunas muy absurdas otras con conocimiento sofisticado en Física. Finalmente, concluyó con la que le parecía la mejor:  ̶̶  Tome el barómetro, llévelo a la puerta del intendente del edificio, toque la puerta y dígale que si le gustaría intercambia un barómetro por la altura del edificio.
Después de esa muestra de creatividad, el árbitro preguntó que si en realidad no conocía la respuesta que se buscaba. Bohr admitió que si la sabía pero que estaba harto de que en la escuela le trataran de enseñar “cómo pensar”, que lo forzaran a usar “el método científico” y que la educación fuera tan pedante. En resumen, que se enfocaran en muchas cosas menos en ayudarlos a comprender la estructura y los fundamentos de la materia.

Lo que podemos interpretar de esta historia es que el alumno (que en realidad no fue Niels Bohr) cuestionaba las posturas rígidas y autoritarias que frecuentemente encontramos en las escuelas: asumir que sólo existe una forma adecuada de pensar, utilizar los métodos como recetas de cocina en lugar de reflexionar en la importancia o no de su uso, la prepotencia de la institución por sobre los alumnos, la falacia de los argumentos de autoridad, etc., etc., etc.
          Finalmente, quedan algunas preguntas que se podrían realizar: ¿Por qué se cambió la historia con el paso del tiempo y se utilizó el nombre de un Premio Nobel para contarla? ¿Qué tipo de comportamiento tenemos como profesores frente a un grupo? ¿Es la ciencia el único modo de llegar al conocimiento? ¿Es la escuela un espacio de reflexión y creación de conocimiento o mera repetición irreflexiva? ¿Alguna más…?

La historia original contada por el profesor que fungió de árbitro (Alexander Calandra) se puede encontrar en la revista The Saturday Review de 1968 bajo el título de Angels on a Pin



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