Hoy presentamos la confesión
de un exprofesor tres veces ganador al Maestro del año de la ciudad de Nueva
York.
John Taylor Gatto fué
profesor de literatura inglesa en escuelas públicas de Nueva York por más de 25
años. Durante tres años consecutivos (1989-1991) recibió el premio al Mejor
Profesor de la Ciudad pero en 1991, después de recibir por primera vez el
premio al Mejor Profesor del año del Estado, Gatto renunció a su
trabajo afirmando que ya no estaba
dispuesto a seguir dañando a los niños. En julio de ese año escribe un artículo
en The Wall Street Journal titulado “I quit, I think” (Renuncio, creo).
¿Nosotros a qué podríamos
renunciar? Renunciar a la farsa y la rigidez, al autoritarismo, a la falta de
compromiso institucional, a creer que sólo algunas personas son inteligentes, a
la separación de la vida y la escuela... pero no renunciamos a la utopía.
A continuación presentamos una traducción de aquel artículo para conocer por qué renunció Gatto.
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He enseñado por 26 años en
escuelas públicas pero ya no puedo más. Durante años les pedí a directores y
administrativos que me permitieran enseñar un currículo que no lastimara a los
niños pero ellos tenían otras cosas en mente. Por eso voy a renunciar, creo.
Con el paso del tiempo he
podido comprender lo que realmente enseño: un currículo que provoca confusión,
niveles o posiciones de clase, justicia arbitraria, vulgaridad, rudeza, falta
de respeto por la privacidad, indiferencia a la calidad y sobre dependencia. Les enseño como encajar dentro de un mundo
en el que no quiero vivir.
No puedo más. No puedo seguir
entrenando a niños para que esperen a que se les diga que hacer; no quiero
entrenar a alguien para que deje lo que está haciendo al sonido de una campana;
no puedo persuadir a que los niños aprecien la justicia de su lugar en la clase
cuando no existe y no puedo convencer a los niños de que los profesores tenemos
secretos valioso que pueden obtener si se vuelven nuestros discípulos. Nada de
eso es cierto.
La escolarización pública es
la más radical aventura de la historia. Destruye a la familia al monopolizar la
mejor época de la niñez y al enseñar la falta de respeto por el hogar y los
padres.
¿Estoy exagerando?
Difícilmente. No se espera que los padres participen en nuestras escuelas. Mis órdenes como profesor son lograr que
los niños se ajusten a un sistema de entrenamiento animal, no ayudar a que cada
uno encuentre su camino personal.
El diseño completo del
proceso escolar es egipcio, no griego o romano. Proviene del dogma que supone que
el valor humano es un elemento escaso, representado simbólicamente por la
estrecha punta de una pirámide.
Esa idea pasó a la historia
norteamericana a través de los puritanos. Encontró su representación
«científica» en la curva de campana de Gauss, a lo largo de la cual se
distribuye el talento según alguna Ley de Hierro de la Biología.
Es una idea religiosa y la escuela
es su Iglesia. Ofrezco rituales para mantener la herejía a raya. Suministro
documentación para justificar la pirámide celestial.
Sócrates previó que cuando la
enseñanza se convirtiera en una profesión formal, algo como esto pasaría. El
interés profesional busca hacer que parezca difícil lo que es fácil,
subordinando lo que es laico al sacerdocio. La Escuela se ha convertido en un proyecto de generación de empleos,
proveedor de contratos y protector del orden social, demasiado necesario como para
permitirse a sí mismo ser «re-formado». Tiene aliados políticos que vigilan
su marcha, por eso las reformas vienen y van sin cambiar demasiado. Incluso los reformadores no pueden imaginar
la escuela de forma muy diferente.
David aprende a leer a los
cuatro años; Raquel, a los nueve. En un desarrollo normal, cuando ambos lleguen
a 13, no se puede decir quién aprendió primero: los cinco años de diferencia no
significan nada en absoluto. Pero en la escuela etiqueto a Raquel como
«incapacitada para aprender» y también hago perder velocidad a David.
A cambio de un cheque de nómina,
instruyo a David para que dependa de mí para decirle cuándo comenzar y cuándo parar.
Nunca superará esa dependencia. Identifico a Rachel como mercancía defectuosa, perteneciente
a la «educación especial». Después de unos meses, estará atrapada en ese sitio para
siempre.
En 26 años de enseñar a ricos
y pobres casi nunca encontré un niño “incapacitado
para aprender”; pero tampoco alguno “súper
dotado”. Como todas las categorías escolares, estos son mitos sagrados,
creados por la imaginación humana. Derivan
de valores cuestionables que nunca examinamos porque conservan el templo de la
escolarización.
Ese es el secreto detrás de
los exámenes de respuestas cortas, campanas, bloques de tiempo iguales,
clasificación por edades, estandarización y todo el resto de medidas
escolares-religiosas que lastiman a nuestra nación.
No existe una forma correcta para educarse, hay tantas
como huellas digitales. No
necesitamos profesores certificados por el Estado para que haya educación: eso
garantiza probablemente que no la habrá.
¿Hace falta más evidencia? Las buenas
escuelas no necesitan más dinero o un año más largo. Necesitan tomar decisiones de forma autónoma; necesitan ofrecer variedad
pensando en cada situación individual y requieren asumir riesgos. Tampoco
necesitamos ni un currículum nacional ni una evaluación nacional. Ambas
iniciativas surgen de la ignorancia de cómo aprende la gente o de una deliberada
indiferencia a ello.
No puedo enseñar de esta
manera por más tiempo. Si sabe de algún trabajo donde no tenga que dañar críos
para vivir, hágamelo saber. Para el próximo otoño estaré buscando trabajo, creo.
John Taylor Gatto.
The Wall Street Journal, July 25th, 1991
También pueden
escuchar la versión del artículo como lo presenta en su libro The Underground History of American
Education.
Una traducción completa del libro puede encontrarse aquí:

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