sábado, 25 de junio de 2016

Para un nuevo mundo, una nueva escuela

Ya hemos insinuado algunos problemas del modelo escolar vigente en la educación pública. Ahora nos gustaría revisar una propuesta alternativa.
De la página Escuelas del Siglo XXI (http://www.21stcenturyschools.com/), recuperamos estos 3 instrumentos guía.
1.     Atributos necesarios para las escuelas del siglo XXI.
-       Integración e Interdisciplinariedad
-       Clases Globales, Educación global
-       Habilidades para el siglo XXI
-       Relevante, Rigurosa y sobe el Mundo Real
-       Adaptable y en busca de cambios personales, sociales y de aprendizaje continuo
-       Con base en proyectos y dirigido hacia la investigación
-       Centrado en el Alumno
-       Aprovechamiento de la tecnología y multimedia.  
2.     Integración de múltiples saberes.
-       El arte y la Creatividad
-       Ecología
-       Tecnología
-       Salud y bienestar físico
-       Competencias globales y multiculturalidad
-       Inteligencias Social y Emocional
-       Conocimiento de los medios
-       Inteligencia Financiera
3.     Habilidades esenciales para el siglo XXI.
-       Acceso y análisis de la información
-       Curiosidad e Imaginación
-       Comunicación efectiva oral y escrita
-       Trabajo colaborativo y liderazgo por ejemplo
-       Iniciativa y ser emprendedor
-       Agilidad y Adaptabilidad
-       Pensamiento crítico y solución de problemas

Tony Wagner, profesor de Harvard, describe las siete habilidades esenciales que debería promover la escuela para afrontar los retos del Siglo XXI.

Tony Wagner: Aprendizaje en la nueva economía global



3 Compasses for 21st Century Education



viernes, 17 de junio de 2016

Pienso, luego renuncio.

¿Alguna vez han sentido durante su trabajo como profesores (si han tenido la oportunidad de serlo) que algo está mal con la forma como funcionan nuestras escuelas?
Hoy presentamos la confesión de un exprofesor tres veces ganador al Maestro del año de la ciudad de Nueva York.




John Taylor Gatto fué profesor de literatura inglesa en escuelas públicas de Nueva York por más de 25 años. Durante tres años consecutivos (1989-1991) recibió el premio al Mejor Profesor de la Ciudad pero en 1991, después de recibir por primera vez el premio al Mejor Profesor del año del Estado, Gatto renunció a su trabajo afirmando que ya no estaba dispuesto a seguir dañando a los niños. En julio de ese año escribe un artículo en The Wall Street Journal titulado “I quit, I think” (Renuncio, creo).

¿Nosotros a qué podríamos renunciar? Renunciar a la farsa y la rigidez, al autoritarismo, a la falta de compromiso institucional, a creer que sólo algunas personas son inteligentes, a la separación de la vida y la escuela... pero no renunciamos a la utopía.

A continuación presentamos una traducción de aquel artículo para conocer por qué renunció Gatto.
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He enseñado por 26 años en escuelas públicas pero ya no puedo más. Durante años les pedí a directores y administrativos que me permitieran enseñar un currículo que no lastimara a los niños pero ellos tenían otras cosas en mente. Por eso voy a renunciar, creo.

Con el paso del tiempo he podido comprender lo que realmente enseño: un currículo que provoca confusión, niveles o posiciones de clase, justicia arbitraria, vulgaridad, rudeza, falta de respeto por la privacidad, indiferencia a la calidad y sobre dependencia. Les enseño como encajar dentro de un mundo en el que no quiero vivir.  
    
No puedo más. No puedo seguir entrenando a niños para que esperen a que se les diga que hacer; no quiero entrenar a alguien para que deje lo que está haciendo al sonido de una campana; no puedo persuadir a que los niños aprecien la justicia de su lugar en la clase cuando no existe y no puedo convencer a los niños de que los profesores tenemos secretos valioso que pueden obtener si se vuelven nuestros discípulos. Nada de eso es cierto.  
    
La escolarización pública es la más radical aventura de la historia. Destruye a la familia al monopolizar la mejor época de la niñez y al enseñar la falta de respeto por el hogar y los padres.
    
¿Estoy exagerando? Difícilmente. No se espera que los padres participen en nuestras escuelas. Mis órdenes como profesor son lograr que los niños se ajusten a un sistema de entrenamiento animal, no ayudar a que cada uno encuentre su camino personal.
    
El diseño completo del proceso escolar es egipcio, no griego o romano. Proviene del dogma que supone que el valor humano es un elemento escaso, representado simbólicamente por la estrecha punta de una pirámide.
    
Esa idea pasó a la historia norteamericana a través de los puritanos. Encontró su representación «científica» en la curva de campana de Gauss, a lo largo de la cual se distribuye el talento según alguna Ley de Hierro de la Biología.
     
Es una idea religiosa y la escuela es su Iglesia. Ofrezco rituales para mantener la herejía a raya. Suministro documentación para justificar la pirámide celestial.
    
Sócrates previó que cuando la enseñanza se convirtiera en una profesión formal, algo como esto pasaría. El interés profesional busca hacer que parezca difícil lo que es fácil, subordinando lo que es laico al sacerdocio. La Escuela se ha convertido en un proyecto de generación de empleos, proveedor de contratos y protector del orden social, demasiado necesario como para permitirse a sí mismo ser «re-formado». Tiene aliados políticos que vigilan su marcha, por eso las reformas vienen y van sin cambiar demasiado. Incluso los reformadores no pueden imaginar la escuela de forma muy diferente.
    
David aprende a leer a los cuatro años; Raquel, a los nueve. En un desarrollo normal, cuando ambos lleguen a 13, no se puede decir quién aprendió primero: los cinco años de diferencia no significan nada en absoluto. Pero en la escuela etiqueto a Raquel como «incapacitada para aprender» y también hago perder velocidad a David.
    
A cambio de un cheque de nómina, instruyo a David para que dependa de mí para decirle cuándo comenzar y cuándo parar. Nunca superará esa dependencia. Identifico a Rachel como mercancía defectuosa, perteneciente a la «educación especial». Después de unos meses, estará atrapada en ese sitio para siempre.
   
En 26 años de enseñar a ricos y pobres casi nunca encontré un niño “incapacitado para aprender”; pero tampoco alguno “súper dotado”. Como todas las categorías escolares, estos son mitos sagrados, creados por la imaginación humana. Derivan de valores cuestionables que nunca examinamos porque conservan el templo de la escolarización.
    
Ese es el secreto detrás de los exámenes de respuestas cortas, campanas, bloques de tiempo iguales, clasificación por edades, estandarización y todo el resto de medidas escolares-religiosas que lastiman a nuestra nación.
    
No existe una forma correcta para educarse, hay tantas como huellas digitales. No necesitamos profesores certificados por el Estado para que haya educación: eso garantiza probablemente que no la habrá.
    
¿Hace falta más evidencia? Las buenas escuelas no necesitan más dinero o un año más largo. Necesitan tomar decisiones de forma autónoma; necesitan ofrecer variedad pensando en cada situación individual y requieren asumir riesgos. Tampoco necesitamos ni un currículum nacional ni una evaluación nacional. Ambas iniciativas surgen de la ignorancia de cómo aprende la gente o de una deliberada indiferencia a ello.
    
No puedo enseñar de esta manera por más tiempo. Si sabe de algún trabajo donde no tenga que dañar críos para vivir, hágamelo saber. Para el próximo otoño estaré buscando trabajo, creo.

John Taylor Gatto.
The Wall Street Journal, July 25th, 1991


También pueden escuchar la versión del artículo como lo presenta en su libro The Underground History of American Education.


Una traducción completa del libro puede encontrarse aquí:
http://historiasecretadelsistemaeducativo.weebly.com/

viernes, 10 de junio de 2016

Niels Bohr, el barómetro y la escuela



- ¿"Educativa" lleva acento?
- Si usted lo dispone señor Presidente.
                                               Rius


Niels Bohr (1885-1962) fue un físico danés que realizó contribuciones fundamentales para la comprensión de la estructura del átomo y la mecánica cuántica.
De sus años en la Universidad de Copenhague surge una anécdota que nos gustaría recordar porque ejemplifica una problemática de la educación escolar que en muchos lugares aún se mantiene.
          Al parecer todo comenzó debido a un desacuerdo en la respuesta de un examen. La respuesta, él aseguraba, era correcta mientras que su profesor argumentaba que eso no era lo que se pedía. Al no poder llegar a un acuerdo entre los dos se decidió invitar a un árbitro imparcial.
          La pregunta era la siguiente: ¿Muestre cómo es posible determinar la altura de un edificio alto con la ayuda de un barómetro? La respuesta que dio Bohr decía:  ̶̶  Lleve el barómetro a lo más alto del edificio, amárrelo con una cuerda larga, baje el barómetro al nivel de la calle, marque la cuerda, recójala y mida su extensión. El largo de la cuerda es igual al alto del edificio.
          Como se puede observar, la respuesta claramente consigue resolver el problema planteado. Sin embargo, también podemos intuir que no es lo que el profesor tenía en mente y, por lo tanto, se rehusaba a aceptarla porque se esperaba que el alumno demostrara un alto grado de conocimiento en Física.
El árbitro imparcial decidió entonces ofrecer otra oportunidad al estudiante explicándole claramente que en su respuesta debería demostrar sus conocimientos en la materia. El estudiante aceptó y mencionó que había varias posibilidades. Eligió una y su nueva respuesta fue la siguiente:  ̶̶  Lleve el barómetro a lo más alto del edificio y asómese por el borde del edificio. Suelte el barómetro y mida el tiempo de caída con un cronómetro. Finalmente, usando la formula S=1/2at2 calcule la altura del edificio.
Nuevamente, la respuesta cumplía con las indicaciones por lo tanto el árbitro preguntó al profesor si se daba por satisfecho a lo que éste contestó afirmativamente. Sin embargo, al mediador le causo curiosidad conocer las otras posibles respuestas y le pidió Bohr que se las explicara. “Por supuesto” dijo éste. Así comenzó a proporcionar diversas alternativas algunas muy absurdas otras con conocimiento sofisticado en Física. Finalmente, concluyó con la que le parecía la mejor:  ̶̶  Tome el barómetro, llévelo a la puerta del intendente del edificio, toque la puerta y dígale que si le gustaría intercambia un barómetro por la altura del edificio.
Después de esa muestra de creatividad, el árbitro preguntó que si en realidad no conocía la respuesta que se buscaba. Bohr admitió que si la sabía pero que estaba harto de que en la escuela le trataran de enseñar “cómo pensar”, que lo forzaran a usar “el método científico” y que la educación fuera tan pedante. En resumen, que se enfocaran en muchas cosas menos en ayudarlos a comprender la estructura y los fundamentos de la materia.

Lo que podemos interpretar de esta historia es que el alumno (que en realidad no fue Niels Bohr) cuestionaba las posturas rígidas y autoritarias que frecuentemente encontramos en las escuelas: asumir que sólo existe una forma adecuada de pensar, utilizar los métodos como recetas de cocina en lugar de reflexionar en la importancia o no de su uso, la prepotencia de la institución por sobre los alumnos, la falacia de los argumentos de autoridad, etc., etc., etc.
          Finalmente, quedan algunas preguntas que se podrían realizar: ¿Por qué se cambió la historia con el paso del tiempo y se utilizó el nombre de un Premio Nobel para contarla? ¿Qué tipo de comportamiento tenemos como profesores frente a un grupo? ¿Es la ciencia el único modo de llegar al conocimiento? ¿Es la escuela un espacio de reflexión y creación de conocimiento o mera repetición irreflexiva? ¿Alguna más…?

La historia original contada por el profesor que fungió de árbitro (Alexander Calandra) se puede encontrar en la revista The Saturday Review de 1968 bajo el título de Angels on a Pin